Probablemente, Antonio Gramsci haya sido, en términos de destrucción moral, material y hasta de vidas humanas, el teórico más eficiente que haya conocido la humanidad. A él se le deben millones de muertes y una decadencia en los valores de las sociedades occidentales, francamente, asombrosa. Carlos Mira.
El origen de Antonio Gramsci
Antonio Gramsci nació en Cerdeña en 1891 y fue uno de los fundadores del Partido Comunista Italiano. Pese a su débil salud y a una vida marcada por la pobreza, se convirtió en un agudo pensador político. Su formación en filología y filosofía lo llevó a reflexionar sobre cómo se construye el poder en las sociedades modernas.
Mientras Lenin y Trotsky buscaban la revolución a través de la fuerza y la lucha de clases, Gramsci apuntó a otro campo de batalla: el de las ideas. Desde la cárcel, donde el régimen fascista de Mussolini lo encerró durante más de una década, escribió sus célebres Cuadernos de la cárcel. En ellos desarrolló la noción de “hegemonía cultural”: la idea de que las élites dominantes mantienen su poder no solo con armas o economía, sino moldeando la manera en que la gente percibe la realidad.
Esta visión cambiaría para siempre la estrategia de la izquierda revolucionaria. En vez de tomar el poder político por la fuerza, había que conquistar las conciencias a través de la cultura, los medios, la educación y el lenguaje.
Las ideas claves
Gramsci sostenía que quien controla el lenguaje controla la realidad. Las palabras no eran simples descripciones del mundo, sino herramientas capaces de darle forma. Modificar el significado de los términos sociales —como justicia, libertad, igualdad o incluso delito— podía cambiar la percepción colectiva sobre lo que está bien o mal.
A partir de esa premisa, sus seguidores elaboraron una estrategia paciente y gradual: transformar la cultura desde adentro. Según esta visión crítica, el cambio no sería inmediato, sino progresivo, casi imperceptible, como una erosión constante. La revolución debía comenzar en la mente de las personas antes de llegar a las calles.
Este enfoque se asoció luego con lo que algunos autores llamaron “marxismo cultural”: una corriente que buscaba debilitar las estructuras tradicionales de Occidente —la familia, la religión, la educación clásica y la autoridad moral— para abrir paso a una nueva sensibilidad social. En ese esquema, los cambios semánticos y simbólicos eran tan importantes como las transformaciones políticas o económicas.
Varios pensadores de la llamada Escuela de Frankfurt —creada poco después de la muerte de Gramsci— profundizaron esas ideas, combinando marxismo con psicoanálisis, sociología y crítica cultural. De allí surgieron pautas que, según los críticos, promovían el relativismo moral, la pérdida de referencias espirituales y la desintegración de los valores tradicionales.
Cómo se difundió y entremezcló su pensamiento en la actualidad
Aunque Gramsci murió en 1937, su influencia se extendió como una corriente subterránea que atravesó el siglo XX y llegó hasta hoy. Su visión sobre el poder cultural fue adoptada —consciente o inconscientemente— por intelectuales, educadores, artistas y comunicadores que la adaptaron a distintos contextos.
En el terreno de los medios de comunicación, el cambio semántico que él proponía puede verse en la forma en que se suavizan o reinterpretan ciertos conceptos. Por ejemplo, se reemplazan términos como delito o crimen por otros más neutros, como inseguridad o conflicto social. Ese desplazamiento de palabras genera una sensación de inevitabilidad, diluye responsabilidades y reconfigura la mirada colectiva sobre el orden y la justicia.
En la educación, su huella se percibe en el cuestionamiento sistemático a la autoridad, el abandono de los contenidos clásicos y la promoción de visiones relativistas de la moral y la historia. La figura del docente como referente de conocimiento fue reemplazada, en muchos ámbitos, por la del facilitador o acompañante, en nombre de una supuesta democratización del saber.
En la política, el “gramscismo” se tradujo en la idea de que todo poder se disputa primero en el campo simbólico. Las campañas ya no apelan tanto a programas concretos como a narrativas emocionales que redefinen qué significa “progreso”, “igualdad” o “inclusión”. Quien impone su relato, domina la conversación pública.
En la justicia, la influencia se percibe en la tendencia a relativizar el delito y priorizar la explicación social por sobre la responsabilidad individual. Esa lógica, alimentada por décadas de reinterpretación cultural, termina generando una confusión de valores en la que la víctima y el victimario parecen ocupar el mismo lugar.
El decálogo de Gramsci
En 1928, antes de su encarcelamiento, se difundieron ideas atribuidas a su escuela de pensamiento que apuntaban a una transformación cultural profunda. Los críticos sostienen que se tradujeron en los siguientes lineamientos:
- Fomentar la desintegración familiar.
- Hacer depender a los ciudadanos del Estado o de los beneficios del Estado.
- Mantener un sistema legal desacreditado con prejuicios contra las víctimas del delito.
- Promover el vaciamiento de las iglesias.
- Promover el consumo excesivo de bebidas alcohólicas.
- Promover migraciones para destruir la identidad.
- Fomentar la destrucción de la autoridad en los colegios y universidades.
- Suscitar la invención de delitos sociales.
- El cambio continuo para crear confusión.
- Fomentar la homosexualidad en los niños.
Este decálogo tiene mucha relación con aquel escrito por Lenin en 1913:
- Corrompe a la juventud y exacerbe la libertad sexual.
- Infiltre y después controle todos los medios de comunicación masivos.
- Divida a la población en grupos antagónicos, incitando la discusión sobre asuntos sociales.
- Destruya la confianza del pueblo en sus líderes.
- Hable siempre sobre la democracia, pero si llega la oportunidad, asuma el poder sin escrúpulos.
- Colabore con el vaciamiento de los dineros públicos y provoque la inflación.
- Promueva huelgas, aunque sean innecesarias o ilegales.
- Promueva disturbios y contribuya para que no sean reprimidos.
- Ayude a destruir los valores morales y la creencia en las promesas de los políticos.
- Registre a quienes tienen armas de fuego para su posterior confiscación, a fin de impedir cualquier resistencia.
A casi un siglo de su muerte, la influencia de Gramsci sigue operando, aunque muchos ya no reconozcan su nombre. Su revolución silenciosa fue cultural antes que política. Y quizá por eso fue tan duradera: porque no buscó conquistar gobiernos, sino vocabularios, emociones y percepciones. Comprender ese proceso es, hoy, una tarea indispensable si Occidente quiere recuperar su sentido de verdad, justicia y libertad.